En el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres 25N, recordamos también a aquellas que murieron en el ejercicio de su labor científica o técnica, en contextos donde la violencia machista —explícita, estructural o institucional— tuvo un papel determinante. Algunas fueron asesinadas o silenciadas; otras murieron después de años de desprotección, de cargas desiguales o de condiciones laborales inseguras que afectaron especialmente a las mujeres. Todas ellas comparten una historia: la de haber trabajado en un mundo que no siempre protegió sus vidas ni valoró sus aportes.
La violencia contra las mujeres adopta muchas formas. No siempre es un acto directo: también opera a través de la precariedad, de la desprotección en espacios masculinizados, de la falta de protocolos eficaces, de la desigual distribución de riesgos o de estructuras que no escuchan ni amparan. Recordarlas es una forma de visibilizar cómo el machismo también atraviesa la ciencia, el campo, los laboratorios y las instituciones.
🧪 Exposición y desigualdad en el laboratorio
La archiconocida Marie Skłodowska-Curie (1867–1934, Polonia) y su hija Irène Joliot-Curie (1897–1956, Francia) murieron por enfermedades derivadas de años de exposición a radiación en un momento en que los riesgos eran desconocidos… pero también en un contexto donde ellas mismas tuvieron que trabajar sin apoyo institucional, sin reconocimiento y sin condiciones de seguridad diseñadas para protegerlas. Décadas después, los accidentes siguieron afectando de forma desigual a mujeres en posiciones precarias o con escasa capacidad de negociación.
La química Karen Wetterhahn (1948–1997, EE. UU.) falleció tras exponerse accidentalmente a dimetilmercurio, lo que impulsó un cambio global en los protocolos de seguridad química. Sheri Sangji (1986–2009, Pakistán), investigadora en formación, murió en un incendio con tert-butil litio en un laboratorio de la Universidad de California; su caso reveló fallos en la supervisión, la formación y la protección de personal joven y precario.
Estas muertes muestran que la inseguridad en los laboratorios no es solo un accidente: es también el resultado de jerarquías, falta de recursos y desigualdades que pueden costar vidas. Su legado ha contribuido a mejorar la seguridad en la investigación científica.
🌋 Riesgos en el terreno
El trabajo de campo forma parte esencial de muchas disciplinas científicas, pero con frecuencia las investigadoras lo han afrontado con menos recursos, menor protección y roles más vulnerables. La espeleóloga Poldi Fuhrich (1898–1926, Austria) falleció explorando cuevas glaciares en los Alpes; y Kirsty Margot Brown (1975–2003, Reino Unido), del British Antarctic Survey, fue atacada por una foca leopardo durante una campaña de muestreo en la Antártida.
Reconocer estas historias no es romantizar el riesgo, sino recordar que la protección, la formación y la distribución de tareas también han estado condicionadas históricamente por desigualdades de género.
🌊 Violencia institucional: el caso de Mari Carmen Fernández
En 2023 desapareció en alta mar Mari Carmen Fernández, trabajadora del buque oceanográfico García del Cid (CSIC). Pocos años antes había denunciado a un compañero por agresión sexual, pero aun así se ordenó que embarcara con él, sin garantizar su protección.
Tras su desaparición, numerosas trabajadoras denunciaron un patrón de acoso sexual y protocolos ineficaces dentro del CSIC. El caso de Mari Carmen recuerda que la violencia machista también actúa a través de la desprotección institucional: decisiones, omisiones y estructuras que dejan a las mujeres expuestas.
🦍 Violencia directa
En muchos casos, la muerte llegó como consecuencia directa de la violencia explícita.
La primatóloga Dian Fossey (1932–1985, EE. UU) fue asesinada en Ruanda en el contexto de su lucha contra el furtivismo y la defensa de los gorilas de montaña. La bióloga Suzanne Eaton (1959–2019, EE. UU.) fue asesinada en Creta mientras asistía a una conferencia científica. Siglos antes, la filósofa y matemática Hipatia de Alejandría (c. 370–415 d. C.) fue linchada por una turba, símbolo temprano del miedo y la hostilidad hacia el pensamiento femenino libre.
También hubo científicas cuyas trayectorias fueron truncadas por la violencia política. La química Stefanie Horovitz (1887–1942, Polonia) demostró la existencia de isótopos y fue asesinada en Treblinka. La médica y psicoanalista Sabina Spielrein (1885–1942, Rusia) fue ejecutada junto a sus dos hijas en Rostov-del-Don. Sus nombres apenas figuran en los manuales, pero su ausencia pesa en la historia de la ciencia. La ictióloga Sabiha Kasimati (1912–1951, Albania) fue ejecutada sin juicio por el régimen comunista albanés durante una purga de intelectuales.
La violencia también puede aparecer dentro de las instituciones. En 2010, la bióloga Maria Ragland Davis (1959–2010, EE.UU.) fue asesinada por una colega durante una reunión de departamento en la Universidad de Alabama en Huntsville. La doctoranda Annie Le (1984–2009, Vietnam) fue asesinada por un compañero en un laboratorio de Yale, un caso que evidenció la vulnerabilidad de mujeres jóvenes en entornos supuestamente seguros y la necesidad de protocolos de prevención, control de accesos y perspectiva de género en campus de investigación.
Estas muertes, separadas por siglos y contextos, comparten un mismo hilo: la violencia contra las mujeres que piensan, que investigan y que desafían los límites de lo establecido. Recordarlas es reconocer que la ciencia no está al margen del mundo, sino atravesada por sus desigualdades y violencias.
🌍 Defender la vida: ciencia, territorio y justicia
En muchas regiones, la ciencia y el activismo ambiental se solapan, y las mujeres que defienden los ecosistemas pagan un precio altísimo. Berta Cáceres (1971–2016, Honduras) y Blanca Jeannette Kawas (1946–1995, Honduras) fueron asesinadas por su defensa de los ecosistemas y las comunidades locales frente a intereses extractivos.
En Nigeria, la médica Ameyo Stella Adadevoh (1956–2014, Nigeria) contuvo el primer brote de ébola en su país, evitando miles de contagios a costa de su propia vida. En Pakistán y Afganistán, decenas de mujeres trabajadoras de campañas de vacunación antipolio han sido asesinadas por ejercer una labor científica y sanitaria esencial, víctimas de la desinformación y la violencia estructural. Sus nombres se desconocen, pero su entrega salvó vidas y también merece ser contada.
Un estudio reciente (Tran et al. 2023, Nature Sustainability) documenta el patrón global de violencia contra mujeres defensoras ambientales. Ellas sostienen una ciencia encarnada en el territorio, donde la línea entre investigar y proteger se difumina. Su legado nos recuerda que cuidar el planeta también es un acto de resistencia.
🌾 Recordarlas es cuidarnos
Recordarlas no es solo honrar su memoria, sino entender las estructuras que hicieron posibles sus muertes: desigualdades, omisiones, silencios, impunidad. Cada una de estas historias nos recuerda que la ciencia solo puede avanzar si cuida —si protege los cuerpos, los tiempos, los entornos y las personas que la hacen posible. Desde la Comisión de Igualdad de la AEET, reivindicamos una ciencia que ponga la vida en el centro: una ciencia que cuide. Que cuide los cuerpos, los tiempos, los entornos y las personas que la hacen posible.

Autoras:
Sara Gamboa, Ana García-Muñoz, Elena Velado y Virginia Domínguez García
Comisión de Igualdad de la AEET
