Desbiologizar lo vegetal

Deshumanizar, despojar de su condición humana al enemigo, adversario o simplemente diferente, ha sido a lo largo de la historia un paso previo a la aniquilación física del grupo deshumanizado (Haslam y Loughnan 2014). Los ejemplos son por desgracia numerosos, valgan dos recientes como ilustración. Para los hutus de Ruanda, ejecutores del genocidio que en 1994 asesinó al 70% de la población tutsi, sus víctimas eran «cucarachas» merecedoras del exterminio (Ndahiro 2014). Miembros del gobierno del estado de Israel se han referido a menudo a los palestinos como «animales» o «cucarachas» infrahumanas. La deshumanización adopta variados disfraces, no siempre semánticos, entre los que se cuentan sus variantes seudocientíficas. Las supuestas diferencias anatómicas y fisiológicas de los esclavos de origen africano fueron consideradas en los EEUU del siglo XIX como síntomas de una inferioridad biológica que justificaba su esclavitud (Gould 1981). A lo largo de la historia, deshumanización e infrahumanización han proporcionado la anestesia necesaria para adormecer las conciencias de explotadores y criminales antes de proceder a limpiar el mundo de aquellos humanos que por algún motivo les estorbaban (Haslam y Loughnan 2014). Tengo para mí que el oscuro resorte mental que lleva a los humanos a practicar la deshumanización como paso previo a la explotación o el exterminio es el mismo que conduce a la abolición de principios biológicos básicos en su trato con el mundo natural. Tal «desbiologización», o negación de lo biológico en lo viviente no humano, es un atajo previo y necesario para su aniquilación. Voy a ilustrar brevemente mi argumento con ejemplos tomados del lenguaje usado en círculos del extractivismo vegetal industrial y comúnmente adoptado por los medios de comunicación.

Cuando alguien emplea el término «masa» para referirse a un bosque o una extensión amplia de matorral está despojando de su sentido biológico al conjunto de seres vivos que lo integran. El concepto de «masa» evoca inconscientemente algo indiferenciado y homogéneo cuya composición detallada desconocemos o, aunque lo conozcamos, al omitirlo simplemente declaramos que no es importante (Figura 1). Ignorar, o hacer como que se ignoran, los nombres de los organismos vivos y sus peculiaridades biológicas es un modo de degradarlos, de desbiologizarlos. Esta práctica desbiologizadora se ve reforzada a menudo por su complementaria, que consiste en denominar de forma no siempre inocente «bosque» a algo que realmente no es más que un cultivo homogéneo (Figura 2). En el primer caso se borra la compleja información ecológica que está contenida en el concepto de bosque, mientras que en el segundo se le otorga interesadamente a un cultivo que carece de ella. Son las dos caras de la misma desbiologización, negarla cuando existe e impostarla cuando está ausente.

Figura 1. Versión desbiologizada (A): Masa forestal muy densa con «carga de combustible muy peligrosa». Entrecomillado porque es una frase real que he escuchado una y otra vez para referirse a esta vegetación concreta. Versión con contexto biológico (B): Bosque maduro mediterráneo de montaña. Hace mas de un siglo el ingeniero de montes Enrique Mackaylo (1917) describió como «un tipo de monte salvaje que se aproxima, aunque en escala vertical reducida, al del bosque tropical, tipo totalmente diverso del que viste lo restante de la región». Las especies arbóreas y arbustivas principales son Acer monspessulanum, Arbutus unedo, Buxus sempervirens, Juniperus oxycedrus, Phillyrea latifolia, Quercus faginea, Quercus rotundifolia, Sorbus torminalis y Viburnum tinus, mencionadas en orden alfabético. Valle de Guadahornillos, La Iruela (Jaén).

Cualquiera que se refiera al Museo del Prado como a un lugar con mucho combustible almacenado suscitará de inmediato sospechas sobre su salud mental, por mucho que todos hayamos de convenir en que lienzos, marcos y pintura son materiales que el fuego consume con avidez. Sin embargo, año tras año, durante la temporada veraniega de incendios de vegetación presenciamos un ejemplo palmario de desbiologización, consistente en referirse a la vegetación como «combustible». Llamar «combustible» a las plantas del sotobosque o a los árboles muertos o senescentes implica una profunda desbiologización, porque ignora su funcionalidad ecológica, la historia épica y única de cada especie vegetal (Tschinkel y Wilson 2014), su papel como reservorio de biodiversidad y muchos otros atributos que cualquier ecólogo principiante podría recitar de memoria. Por abundar en la metáfora, solo alguien que desprecie el arte (y/o que tenga un negocio de extinción de incendios) puede pensar que el conjunto de los cuadros del Museo del Prado es básicamente un enorme reservorio de «combustible», es decir, nada más que una masa de moléculas orgánicas muy propensas a combinarse con el oxígeno del aire para producir fuego y altas temperaturas. Referirse a la vegetación natural como una «masa combustible» es una forma sibilina de decirle al público que lee la noticia que lo único destacable de ese variado conjunto de seres vivos, con diversidad de nombres, historia y funciones, es que un mal día pueden arder. Omito por obvia la intencionalidad de esta desbiologización en particular, favorable a la actividad económica y profesional de determinados sectores sociales.

Figura 2. Versión desbiologizada: Interior de un bosque de pinos limpio, sin combustible. Versión con contexto biológico: Plantación monoespecífica de pino salgareño (Pinus nigra) efectuada por la administración forestal hacia mediados de los años 70 del pasado siglo sobre suelos aluviales profundos que hasta ese momento habían sido hazas cerealistas cultivadas por la población local. Nava de San Pedro, Cazorla (Jaén).

Otro elemento destacado del «síndrome desbiologizante» es esa idea tan popular en los noticiarios veraniegos de la «suciedad» de los montes, o su equivalente culto y rancio pero igualmente anonimizador que es la palabra «maleza», cuya evidente etimología es una declaración en sí misma. Esa suciedad se compone de matorrales de innumerables especies, comunidades de herbáceas anuales y perennes, hojarasca y ramas muertas donde viven invertebrados, hongos y microbios. Cada uno tiene un nombre, una historia vital y un valor intrínseco. Excusadme si el paralelismo os parece temerario, pero la supuesta suciedad de los montes es el equivalente biológico de las deshumanizadas cucarachas que he mencionado arriba. Una vez que aceptamos, normalizamos y usamos con naturalidad y sin pensarlo las palabras peyorativas «suciedad» y «maleza», la única salida lógica, encomiable y hasta financiable que se nos ofrece es la aniquilación. Aplastar a las cucarachas. En el argot desbiologizante que estoy pergeñando aquí, un bosque multiespecífico con su compleja dinámica y rica heterogeneidad se presenta ante al público como una masa forestal llena de suciedad combustible muy peligrosa (Figura 1). Sin embargo, los cultivos arbóreos monoespecíficos computan como por arte de magia en el cálculo de la supuesta superficie creciente de bosques ibéricos (Educación forestal, FRA platform). Esta furtiva abolición de la biología se ha convertido en el paso indispensable pero no declarado para justificar una aniquilación vegetal con pocos límites. Planteado el asunto en estos términos, por tanto, ¿a quién va a importarle que se desbrocen matorrales, se extirpen sotobosques, se «limpien» ríos y se apeen árboles viejos supuestamente deteriorados, si además la biomasa obtenida en esos procesos se quema en una central eléctrica para producir energía maravillosamente limpia y sostenible ? (OriAlnitak). La desbiologización de lo vegetal a la que me vengo refiriendo es una anestesia social que se aplica cotidianamente, gota a gota, para adormecer cualquier respuesta a un extractivismo vegetal acientífico o abiertamente anticientífico. Establecer un lenguaje y unos lugares comunes fraudulentos impide o dificulta además cualquier discusión social abierta sobre el acierto o desacierto en la forma de gestionar la biodiversidad vegetal.

Quien dice ser el tipo más rico del mundo, cuyo nombre me niego a escribir para no manchar este texto, manifestó hace unos meses que la empatía es «la debilidad fundamental de la sociedad occidental» (Cameron y Square 2025). A ti lectora o lector que has llegado hasta aquí (¡gracias!) tal vez pueda parecerte que esa salvaje declaración de principios de un multimillonario, cuyas consecuencias estamos empezando a vislumbrar, tiene poco que ver con la desbiologización de las plantas. Yo le veo una relación muy clara. Referirnos a las plantas por su nombre en lugar de barrerlas a todas conjuntamente bajo la denigrante alfombra de la palabra «masa», o reconocer la profunda y compleja funcionalidad ecológica del sotobosque o los matorrales, en lugar de tratarlos peyorativamente como una peligrosa suciedad incendiaria, encuentran su justificación en el conocimiento científico que botánicos y ecólogos han ido acumulando trabajosamente durante siglos. La desbiologización del mundo vegetal es por tanto una manifestación de negacionismo científico. Pero además el rechazo militante de la desbiologización de lo vegetal es un ejercicio de empatía biológica que hemos de reivindicar. Creo que el mejor camino que tenemos disponible los ecólogos para atraer a nuestros conciudadanos –especialmente los más jóvenes– hacia el bando de la preservación de la biodiversidad es transmitir nuestros conocimientos científicos de un modo que despierte en ellos el disfrute y la gratificante admiración que ofrece el mejor conocimiento de los seres vivos y su historia natural. La desbiologización lo impide, nos adormece y nos roba esa alegría que infunde la naturaleza y que tanto ayuda a impulsar su defensa (McCarthy 2016).


Autor:
Carlos M. Herrera

Profesor ad honorem del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)


Referencias:
1. Haslam N., Loughnan S. (2014). Dehumanization and infrahumanization. Annual Review of Psychology 65: 399-423.
2. Ndahiro K. (2014). Dehumanization: how tutsis were reduced to cockroaches, snakes to be killed. New York Times: https://www.newtimes.co.rw/article/104771/National/dehumanisation-how-tutsis-were-reduced-to-cockroaches-snakes-to-be-killed
3. Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Dehumanization_of_Palestinians_in_Israeli_discourse
4. Gould S.J. (1981). The mismeasure of man. W. W. Norton, New York.
5. MacKaylo E. (1917). La Sierra de Cazorla bajo su aspecto forestal. Imprenta Julio Cosano, Madrid.
6. Tschinkel W. R., Wilson E. O. (2014). Scientific natural history: telling the epics of nature. BioScience 64: 438-443.
7. Educación forestal: https://edu.forestry.es/2025/10/superficie-de-bosques-y-forestal-de.html
8. FRA platform: https://fra-data.fao.org/assessments/fra/2025/
9. OriAlnitak: https://orialnitak.es/central-termica-de-biomasa-asturias/
10. Cameron M., Square S. B. J. (2025). MAGA’s ‘war on empathy’ might not be original, but it is dangerous. The Conversation: https://theconversation.com/magas-war-on-empathy-might-not-be-original-but-it-is-dangerous-255300

La fotografía de portada es una panorámica de Guadahornillos, obra del autor.

Un comentario en “Desbiologizar lo vegetal

  1. Gracias Carlos por recordarnos el poder de las palabras que usamos. Más allá del problema forestal, para mi es vital estar alerta y no dejarnos llevar por la inercia y adoptar, muchas veces inconscientemente, un argot que trabaja en contra de nuestros intereses. Para mi un ejemplo peligroso es como llamaos a funciones ecológicas cuando nos benefician, no es lo mismo llamarlas servicios, que contribuciones, que capital. El lenguaje no es neutro.

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