Un año más, se acerca el 1.º de mayo. Una fecha señalada en el calendario para rememorar y reivindicar la lucha de los «Mártires de Chicago», trabajadores a quienes arrebataron la vida por pelear por unas mejores condiciones laborales y cuya lucha acabó logrando la implantación de la jornada de 8 horas en EE. UU. Este hecho, aunque no lo parezca, está ligado con la realidad actual de los investigadores, como demostraron la huelga de la Universidad de Columbia, el movimiento de los adjuncts en EE. UU. o, ya en nuestro país, el fenómeno Precarios.
Los investigadores seguimos siendo mano de obra para este sistema, lo más barata posible para reducir costes y ampliar beneficios. Lo vemos especialmente en nuestro día a día como personal investigador predoctoral. En muchas ocasiones dependemos de contratos ligados a proyectos temporales. El acceso a estos contratos es tan limitado que nos obliga a una competencia insolidaria y, además, pese a que cubren nuestro salario, con frecuencia no cubren los gastos derivados de otras necesidades propias de la labor predoctoral, como estancias o congresos. En otros casos, la ausencia de financiación sigue obligando a compaginar la investigación con otros trabajos precarios, en detrimento de nuestra vida personal. Mientras tanto, muchas universidades y centros de investigación se enorgullecen del número de doctorados que defienden su tesis cada año, sin mostrar el coste económico y mental que ello ha supuesto para cada doctorando o doctoranda.
Esta precariedad no se queda en las puertas de la universidad, sino que se extiende a todos los ámbitos de nuestra vida. El acceso a la vivienda es cada vez más complicado y el aumento incesante del coste de la cesta de la compra son los ejemplos más paradigmáticos. Dentro del propio sector académico, vemos además cómo compañeras del ámbito de la limpieza, el mantenimiento, los servicios de comedor y otros servicios no estrictamente académicos sufren privatizaciones que empeoran sus condiciones laborales y la calidad de los servicios que prestan. Debemos ser conscientes de que este proceso de privatización es sigiloso y avanza poco a poco para no generar demasiado revuelo. Se normalizan así situaciones que, tan solo unos años atrás, eran impensables y que, antes o después, afectarán también al ámbito estrictamente académico, como ya demuestran los ejemplos de la Universidad Complutense o la Universidad de Sevilla.
Queda claro, pues, que formamos parte de este sistema y que, por tanto, nuestros problemas emanan de él y, pese a los matices, son compartidos con el resto de trabajadoras, sean del ámbito científico o no.
Y entonces, la pregunta es: ¿qué hacemos al respecto?
Si analizamos las mejoras que, como investigadoras, hemos conseguido en estos últimos años (la subida salarial de las FPU, el paso de becas a contratos con las correspondientes cotizaciones, la devolución a las investigadoras de los costes que deberían asumir las universidades en el caso de los contratos Margarita Salas etc.), podemos ver que provienen de demandas colectivas articuladas a través de plataformas y sindicatos donde las investigadoras hemos intervenido y peleado por dar voz a las situaciones que nos perjudican en el día a día. Ahora bien, debemos ser conscientes de que han sido únicamente victorias parciales, que deben servirnos para mejorar nuestras condiciones a corto plazo, pero con una mirada más amplia. Solo con estos ajustes, la situación general de crisis sistémica no va a cambiar. De ahí la necesidad de organizarnos con metas que vayan más allá de las mejoras en nuestros centros de trabajo, codo con codo con el resto de la clase trabajadora, a la cual pertenecemos indudablemente, con el objetivo de alcanzar una sociedad justa y respetuosa con el entorno.
La organización sindical es la herramienta que tenemos para combatir y revertir la situación actual. Sin embargo, los niveles de sindicación en el ámbito académico son preocupantemente bajos. El primer paso, si queremos alcanzar los objetivos descritos, es romper la dinámica individualista de nuestro gremio y organizarnos junto a nuestras compañeras y al resto de sectores presentes en nuestros centros de trabajo y en los demás ámbitos laborales. Por ello, deseamos que el 1.º de mayo sea reivindicativo también en la academia y que el resto de días del año sigamos organizadas en nuestros lugares de trabajo, sin cesar en la lucha.
¡Organizarse es empezar a ganar!
Daniel Agea Plaza
Doctorando en el Departamento de Ecología, Universidad de Granada
