La pobreza energética, también en los animales

Todas las especies conocidas, sin excepción, coexisten e interaccionan con otras, con las que compiten por un conjunto limitado de recursos. Esa competencia ha favorecido la diversificación y la especialización en diferentes oportunidades ecológicas, ya sea en distintos tipos de alimento, en diferentes hábitats o, sencillamente, en distintos momentos del día. Mientras algunas especies se muestran activas a plena luz del día, otras muchas –quizá la mayoría– desarrollan toda o parte de su actividad en la franja crepuscular y nocturna, aprovechando recursos inaccesibles o menos disputados durante el día.

La noche plantea un desafío sensorial radicalmente distinto y quienes la habitan han desarrollado un extraordinario repertorio de soluciones para encontrar pareja, orientarse y conseguir alimento. Buen ejemplo de ello son los ensordecedores coros nocturnos de los anfibios o la sofisticada ecolocalización de los murciélagos. No obstante, muchas especies nocturnas continúan dependiendo principalmente de la visión para desenvolverse y, como las especies diurnas, necesitan un mínimo de luz para desarrollar su actividad.

Luces y sombras de la nocturnidad

La principal fuente de iluminación natural nocturna es la Luna. El ciclo lunar, de unos 29 días, genera una alternancia periódica entre noches muy iluminadas y otras prácticamente oscuras. En noches de luna llena, la iluminación puede ser unas cien veces mayor que en noches sin luna. Para los animales que dependen de la luz para orientarse, esto supone una enorme variación mensual en sus oportunidades de alimentación. Cuando la oscuridad se impone, muchas especies apenas pueden localizar a sus presas y no consiguen obtener suficiente energía para mantener su actividad normal.

¿Cómo pueden sobrevivir entonces a esos periodos de oscuridad? Nuestro trabajo con el chotacabras cuellirrojo (Caprimulgus ruficollis) en el Espacio Natural de Doñana muestra que la respuesta no consiste únicamente en cambiar su comportamiento durante unas pocas noches, sino en ajustar su fisiología y reorganizar prácticamente todo su ciclo anual alrededor del calendario lunar.

Reconozco que, cuando comenzamos nuestro estudio allá por 2009, estudiar la relación entre el chotacabras y la luna me parecía casi un tópico. La literatura estaba repleta de estudios que documentaban un claro patrón lunar en el comportamiento de roedores, peces, carnívoros, aves marinas, etc. Los chotacabras no eran una excepción. Sin embargo, a medida que avanzábamos en nuestra investigación, empezamos a comprobar que casi todos los resultados parecían conducir al mismo lugar: el ciclo lunar. La eficacia de alimentación, el comportamiento antidepredador, el uso de caminos y carreteras, el balance energético, la migración, la reproducción… una y otra vez, la luna parecía explicar todo. Finalmente, la luna ganó.

Dejándonos iluminar por ella –nunca mejor dicho–, terminamos centrando buena parte de la actividad investigadora del grupo en lo que podríamos llamar ‘Ecología lunar’ y planteando un proyecto del Plan Estatal, ECOMOON, para estudiar el papel de los ciclos lunares en la evolución de múltiples rasgos fenotípicos en organismos nocturnos.

¿Por qué la luz de la luna es tan importante?

Los chotacabras se alimentan principalmente de insectos aéreos, que detectan por contraste contra el fondo del cielo nocturno. La luz de la luna dispara su eficacia de caza, por lo que, en noches iluminadas, pueden continuar alimentándose con éxito mucho después del crepúsculo. Pero ¿qué sucede durante las fases oscuras del ciclo lunar? La ausencia de luna obliga a los chotacabras a concentrar su actividad en torno a las efímeras entreluces del atardecer y el amanecer, único momento de la noche en el que consiguen cazar eficazmente. ¿Cómo pueden obtener el alimento que necesitan en tan poco tiempo, si es que realmente llegan a obtenerlo?

Cuando nos planteamos por primera vez esta cuestión, disponíamos de más de dos mil registros de peso, grasa acumulada y grado de protrusión del estómago, una medida de la cantidad de alimento ingerida (detalles abajo). Con estos datos podíamos cuantificar el efecto de la luna sobre su ingesta diaria de alimento y, en última instancia, sobre su condición corporal. Sin embargo, para construir un presupuesto energético completo necesitábamos saber también cuánto tiempo permanecían activos y cuánto gastaban en el mantenimiento de sus funciones fisiológicas, no sólo durante su estancia en Doñana, sino a lo largo de todo el año. Esto requería dar un salto tecnológico, así que mi compañero Perico y yo pusimos rumbo a la Universidad de Lund, en Suecia, en busca de la colaboración necesaria para superar esta barrera. En 2016, fruto de una colaboración aún en curso, comenzamos a equipar a chotacabras adultos con diminutos multisensores diseñados por los ingenieros de la universidad para registrar de forma continua su comportamiento y temperatura corporal durante, al menos, un ciclo anual completo.

El análisis conjunto de todos estos datos, que incluían más de una década de mediciones de campo y 74 ciclos anuales completos registrados en 56 adultos marcados, reveló que los chotacabras cuentan con una adaptación esencial para encarar esta limitación de tiempo y minimizar su déficit energético: uno de los estómagos proporcionalmente más grandes de todas las aves, que les permite atiborrarse de insectos en apenas unos minutos tras la puesta de sol y almacenarlos para su posterior digestión. Nuestras mediciones de campo mostraron que la capacidad máxima de almacenamiento de este órgano representa casi el 15% de la masa corporal de un chotacabras, que ronda los 90 g. Esto es muchísimo, especialmente considerando que se trata de un animal aéreo. Como referencia, un estómago en su punto límite de llenado representa sólo un 5% del peso corporal total de una persona. No me ruboriza reconocer que, en los primeros compases del proyecto, califiqué erróneamente a algunas hembras como grávidas. ¡Hasta que capturamos un macho grávido! Fue entonces cuando caímos en que aquella bola que sobresalía del abdomen no era un huevo, sino su molleja. Desde ese momento, ante la sospecha de que una estructura tan prominente tenía que desempeñar un papel realmente importante, comenzamos a cuantificar el grado de llenado del estómago mediante palpación externa, utilizando una sencilla escala de cinco niveles y, más recientemente, con medidas directas obtenidas con un ecógrafo portátil. No puedo alegrarme más de aquella decisión, porque el estómago acabaría siendo una pieza esencial del puzle que intentaríamos completar años más tarde.

Estómago lleno, digestión pesada

Gracias a su enorme estómago, los chotacabras pueden engullir suficientes insectos durante el crepúsculo como para compensar, al menos en parte, el menor tiempo disponible para alimentarse en las noches sin luna. Sin embargo, esta adaptación tiene un coste: el estómago es tan grande que apenas queda espacio para el intestino, encargado de procesar el alimento. Como consecuencia, la digestión de estas aves es extraordinariamente lenta, entre 10 y 100 veces más lenta que en otras especies. Basándonos en capturas repetidas de chotacabras en una misma noche, estimamos que una carga completa del estómago tarda unas seis horas y media en atravesar el sistema digestivo. Esto genera un cuello de botella que limita la cantidad total de alimento que pueden procesar diariamente, independientemente de las condiciones de luz o la abundancia de insectos.

Esta limitación sitúa a estos animales en el umbral de la pobreza energética. En noches sin luna, disponen tan sólo de unos pocos minutos para comer, que rentabilizan al máximo gracias a una maquinaria interna bien adaptada para ello. En noches de luna, aunque disponen de mucho más tiempo, su maquinaria es tan lenta que la cantidad total de alimento que consiguen procesar no dista mucho de la que consiguen atiborrándose puntualmente de insectos. La luna llena solo representa para ellos un modesto ingreso extra que, sumado a un salario mínimo más que ajustado, mitiga momentáneamente su precaria economía y les permite cubrir ciertos costes, pero siempre sin excesos.

Una política de ahorro

La batería de adaptaciones que emplean los chotacabras para afrontar las recurrentes crisis energéticas impuestas por el ciclo lunar no termina aquí. Cuando su ingesta diaria es limitada, pueden ‘apretarse el cinturón’, controlando los gastos sin recurrir a sus ahorros. ¿Cómo lo hacen? Como cualquiera: cuando los ingresos caen, solo queda gastar menos y, en ausencia de luna, estos animales reducen el gasto de energía al mínimo permaneciendo prácticamente inmóviles la mayor parte del día y de la noche. Este patrón es especialmente acusado durante el periodo no reproductor, cuando no tienen pollos que alimentar. Lo más sorprendente es su capacidad adicional para bajar la temperatura corporal y reducir aún más sus gastos fijos. Bajar la calefacción es una medida de ahorro eficaz no solo en el contexto de la economía doméstica, sino también en la naturaleza, tal como muestran los datos registrados por los sensores de temperatura que colocamos sobre la piel de la espalda. Los chotacabras ponen en marcha mensualmente este mecanismo de control de gasto, conocido como torpor, enfriando temporalmente su cuerpo unos 5ºC en periodos sin luna y recuperando su temperatura normal tan pronto como la luna restablece sus oportunidades de alimentación.

Entrar en torpor es útil para mantener el peso, pero no para aumentarlo, porque para ello es necesario continuar comiendo. Cuando se preparan para la migración, necesitan generar un exceso de energía que acumulan en forma de grasa. ¿Cómo lo consiguen si su capacidad para procesar alimento es tan limitada? El secreto está, una vez más, en reducir el gasto, pero de una forma algo distinta. Hemos comprobado que, mientras se alimentan en noches de luna, los chotacabras muestran una clara preferencia por superficies asfaltadas. La razón es que el asfalto no sólo se mantiene caliente durante más tiempo que otros sustratos, sino que las tasas de intercambio de calor son también más lentas. Utilizando carreteras asfaltadas como posadero entre lances de caza nocturnos, los chotacabras consiguen reducir sustancialmente el gasto en termorregulación, por lo que queda más energía disponible para ser almacenada en forma de grasa antes de migrar.

Condenados a sincronizarse con la luna

Con todo, su presupuesto energético fluctúa con el ciclo lunar, pasando de números rojos a disponer de unos pequeños ahorros una vez al mes. En concreto, las noches iluminadas por la luna representan un beneficio energético de entre un 20 y un 40 %, dependiendo de si se encuentran en Doñana o en sus cuarteles de invernada, entre Mali y Guinea, donde las noches son más largas por su proximidad al ecuador. Esta economía fluctuante, regida por el ritmo mensual de la luna, los condena a sincronizar sus tareas más demandantes con los tiempos de bonanza lumínica. Solo entonces consiguen obtener suficiente energía para afrontar los sobrecostes de la reproducción y la migración, cuando además de mantenerse a sí mismos, tienen que destinar recursos a alimentar a su prole o a acumular grasa a modo de combustible para un largo viaje.

La migración no comienza al azar, sino que sigue una sincronía mensual muy marcada. En primavera, los chotacabras abandonan Guinea aproximadamente trece días después de la luna llena, presumiblemente tras acumular una buena cantidad de grasa. En otoño, sin embargo, cuando la reproducción, la muda y la migración compiten simultáneamente por unos recursos energéticos limitados, su capacidad para acumular grasa es menor. Las partidas se concentran entonces aproximadamente una semana antes de la luna llena, cuando las noches siguientes ofrecen mejores oportunidades para reponer energía durante el viaje.

La reproducción sigue una pauta similar. La mayoría de las puestas se inician alrededor de diez días después de la primera luna llena de mayo. Dado que la incubación dura entre 16 y 19 días, los pollos nacen en torno a la siguiente luna llena, cuando sus progenitores pueden alimentarlos durante más tiempo. Esta sincronización podría, además, proporcionar a los juveniles las mejores oportunidades para alimentarse justo cuando comienzan a cazar insectos por sí solos, aproximadamente un mes después de nacer.

Es necesario seguir arrojando luz

Nuestro estudio pone de manifiesto la importancia de los ciclos lunares como eje estructurador de la biodiversidad nocturna, aportando nuevas claves sobre las adaptaciones que permiten a los depredadores nocturnos hacer frente a los continuos altibajos de alimentación y ayuno que impone la iluminación lunar. Este conocimiento resulta cada vez más importante para anticipar los retos a los que se enfrentan cada vez más especies, que se adentran en la noche para escapar del estrés térmico y minimizar las molestias generadas por nuestra propia actividad diurna. No obstante, pese a estos avances, quedan importantes interrogantes abiertos, como el impacto del cambio climático y, en especial, de la contaminación lumínica. La iluminación artificial altera los patrones naturales de oscuridad que muchas especies utilizan como referencia. Quizás, en un mundo cada vez más iluminado, la conservación de especies amenazadas implique proteger no solo los espacios naturales, sino también algo mucho más intangible: la oscuridad natural de la noche. Enciendan la cafetera, porque esto va para largo…

Autor:
Carlos Camacho

Estación Biológica de Doñana (EBD), CSIC


Referencias:
1. Camacho, C., Norevik, G., Sáez-Gómez, P., Hidalgo-Rodríguez, P., Rabadán-González, J., Åkesson, S. y Hedenström, A. (2026). Moonlight drives the energy balance and annual cycle of a nocturnal forager. Science Advances 12: eaed8204.
2. Hidalgo-Rodríguez, P., Edelaar, P., Robla, J., Rabadán-González, J., Ursem, L., Sáez-Gómez, P., Molina, C., Brigham, M. y Camacho. C. (2026). Migratory nightjars roost on asphalt to reduce thermoregulatory costs and increase fuel accumulation. Journal of Avian Biology 2026: e03600.

Tanto la fotografía de portada como las fotografías mostradas en el texto son obra de Carlos Camacho.

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