Carroñeros: mucho más que comedores de cadáveres

Desde la enseñanza básica aprendemos que los ecosistemas se componen de varios niveles: productores (organismos autótrofos que fijan CO2 y la energía solar); consumidores primarios (herbívoros que se alimentan del primer grupo); consumidores secundarios (animales que se alimentan de otros consumidores); y, finalmente, descomponedores (organismos que reciclan la materia muerta de todos los anteriores).  Sin embargo, el interés científico que despiertan cada uno de estos cuatro niveles es diferente. Por ejemplo, los descomponedores, incluidos los carroñeros, apenas han llamado la atención de los investigadores. Tan solo en tiempos muy recientes, aproximadamente a partir de principios de siglo y tras la terrible crisis de los buitres asiáticos, comenzó a crecer el número de publicaciones relacionadas con la carroña (Moleón et al. 2015a). Este “desinterés” académico por la descomposición resulta sorprendente, especialmente si tenemos en cuenta que es un proceso ecológico que supone la transformación de millones de toneladas de biomasa marina y terrestre, lo que implica un importante flujo y redistribución de energía y nutrientes en los ecosistemas (Olea et al. 2019). 

La mayor parte de la carroña se produce espontáneamente por la muerte del animal debida a enfermedades, malnutrición o condiciones ambientales extremas. Además, la depredación también genera carroña puesto que en muchas ocasiones el depredador no consume todo el animal (Olea et al. 2019). A estas dos formas “naturales” de originar carroña, hay que sumarle la carroña de origen antrópico, que es cada vez más común. De hecho, los humanos somos actualmente la principal fuente de carroña a nivel global. Esto incluye los restos de nuestras actividades productivas como la pesca, la ganadería o la caza, pero también incluye los millones de animales que mueren accidentalmente al interaccionar con los humanos, como ocurre por ejemplo en el caso de los atropellos de fauna (Oro et al. 2013, Grilo et al. 2020).

A pesar de que un gran número de especies de invertebrados y hongos se aprovechan de la carroña, los vertebrados son quienes consumen la mayor parte de la carroña que producen los ecosistemas (Selva et al. 2019). La carroña es un valioso recurso trófico ya que aporta nutrientes y energía sin apenas coste, puesto que no es necesario esforzarse para cazar a la presa. Por ello, la mayoría de especies de carnívoros u omnívoros vertebrados (sobre todo aves y mamíferos) consumen en mayor o menor medida carroña.  De esta forma los vertebrados carroñeros pueden dividirse en tres grupos principales en función de la importancia relativa de este recurso en sus dietas (Selva et al. 2019).  En primer lugar, encontramos a los grandes depredadores (esencialmente mamíferos como el lobo, el león o el puma). Estas especies son carroñeros facultativos que consumen de forma habitual carroña para poder complementar su dieta de una forma rápida y barata. Además de consumidores también son productores de carroña cuando cazan presas que no consumen en su totalidad. Esto hace que jueguen un papel importante en la estructura del gremio de especies carroñeras ya que, dependiendo de las circunstancias, pueden aumentar la carroña disponible o disminuirla (Moleón et al. 2014). El segundo grupo lo componen el resto de depredadores que también consumen carroña de forma facultativa pero que, debido a su tamaño, no suelen ser productores de la misma. Es un grupo diverso que engloba a especies que apenas comen carroña, como es el caso de los paseriformes, hasta otros que lo hacen de manera más habitual, como los zorros o los mapaches (Selva et al. 2019). En último lugar se encuentran los buitres y cóndores, que representan los dos únicos grupos de vertebrados que han evolucionado para convertirse en carroñeros estrictos (Ruxton and Houston 2004).

Buitres leonados alimentándose de una oveja muerta a los pies del sistema Ibérico. Autor: Manuel de la Riva

Tanto buitres como cóndores han desarrollado capacidades de vuelo energéticamente muy eficientes que les permiten planear durante horas hasta detectar la carroña bien por sí mismas, o bien siguiendo a sus congéneres, o incluso a individuos de otras especies (Ruxton and Houston 2004). Sus sentidos también están altamente especializados para la detección de carroña pudiendo hacerlo a través de la vista, el olfato o incluso el oído, en función de las especies y el ambiente que explotan, aunque no todas especies tienen igual de desarrollados todos los sentidos (Potier et al, 2020, Jackson et al. 2020). Gracias a estas adaptaciones los buitres son los carroñeros más eficientes seguidos de cerca por los grandes depredadores. Y es que, si algo define a las especies que mejor carroñean es su gran tamaño corporal, la capacidad para desplazarse largas distancias y tener comportamientos sociales o gregarios (Sebastián-González et al. 2020, Gutiérrez-Cánovas et al. 2020). Pero la red trófica que componen los carroñeros en torno a la carroña, no solo depende de las especies que la forman si no que también son determinantes factores intrínsecos de la carroña como el tamaño, o extrínsecos como la cobertura vegetal del ecosistema (Moleón et al. 2015b, Arrondo et al, 2019; Sebastián-González et al. 2020, Figura 1).

Figura 1: Factores determinantes de la red trófica en una comunidad de carroñeros.

Una de las características del ecosistema que más influencian la composición de la red trófica de carroñeros es el grado de antropización del paisaje donde se encuentra la carroña. La actividad antrópica aporta gran cantidad de recursos lo que tiende a favorecer la riqueza de especies dentro del gremio de carroñeros, incluyendo a carroñeros facultativos y estrictos de diferentes tamaños. Sin embargo, a partir de un determinado nivel de antropización, la riqueza dentro del gremio se reduce. Así, ante actividades humanas de alta intensidad, el gremio de carroñeros pierde en primer lugar a las especies que mejor eliminan carroña. Es decir, los buitres y los grandes depredadores (Sebastián-González et al. 2019). Estas especies, al ser tan eficientes consumiendo carroña, tienden a regular las poblaciones del resto de carroñeros (e incluso las de los propios ungulados) en procesos “top-down” (de arriba abajo en la red trófica, Moleón et al 2014, O´Brian et al 2019, Prugh & Sivy 2020). Por eso, cuando estas especies son extirpadas debido a una alta intensidad de las actividades humanas como la caza furtiva o la proliferación de estructuras peligrosas, toda la comunidad se resiente, y se producen procesos de liberación ecológica en los cuales proliferan los carroñeros facultativos, que ven como su nicho trófico se agranda ante la cada vez mayor disponibilidad de comida (Morales-Reyes et al. 2017). A priori se podría pensar que este incremento de individuos de los carroñeros facultativos podría compensar la falta de grandes predadores o carroñeros estrictos y, por tanto, que la eficiencia del gremio descomponiendo carroña seguiría siendo la misma. Sin embargo, esto no ocurre así, sobre todo en el caso de la carroña antrópica, que se genera en grandes cantidades y solo puede ser eliminada de manera eficiente por carroñeros estrictos y/o grandes depredadores. Como consecuencia, en un ambiente antrópico dominado por carroñeros facultativos la carroña se descompone de forma más lenta, dando lugar a la proliferación de microorganismos, incluyendo patógenos peligrosos para el resto de la comunidad animal y para los humanos (van den Heever et al. 2021). Por ejemplo, en la India, coincidiendo con la casi desaparición de las poblaciones de buitres locales debido a la intoxicación por productos veterinarios, hubo un aumento de la población de perros asilvestrados que sustituyeron a los buitres (Markandya et al. 2008). Este aumento de la población de perros favoreció la aparición de brotes de rabia que mataron a casi 50.000 personas entre 1992 y 2006. Desde el punto de vista humano, la falta de carroñeros eficientes no solo implica un riesgo para la salud sino que además conlleva un gran coste económico debido a la necesidad de destruir mecánicamente los restos animales de nuestro sistema productivo, lo que además conlleva un importante incremento en las emisiones de gases de efecto invernadero Por ejemplo, en un país como España el transporte y destrucción de los restos animales producidos por la ganadería supone un coste de 50 millones de euros anuales y la emisión 77344 toneladas métricas de C0lo que equivale a 26 veces las emisiones de todos los vuelos domésticos del país (Morales-Reyes et al. 2015). 

Perros asilvestrados alimentándose de una vaca muerta en Mardi (Estado de Maharashtra, India). Este pueblo es limítrofe con el santuario “Great Indian Bustard Wildlife” donde recientemente ha comenzado un programa de recuperación de buitres de pico largo (Gyps indicus). Foto de Aniruddha Belsare.

Por estas razones, los ecosistemas y los humanos como parte intrínseca de ellos, necesitan gremios de vertebrados carroñeros sanos y bien estructurados que puedan cumplir su función ecológica de forma eficiente. Para conservar este tipo de comunidades es necesario comprenderlas y conocerlas con el mayor detalle posible. Para ello, sin duda, resulta necesario que el interés científico por los carroñeros siga creciendo hasta que el conocimiento generado al respecto sea comparable al de otras funciones ecológicas igualmente importantes, como la polinización o la dispersión de semillas.

Autor: Eneko Arrondo, investigador postdoctoral en la Universidad Miguel Hernandez. Podéis seguir el trabajo de investigación y divulgación de Eneko en Twitter (@BIOEAF) y en su perfil de Google Scholar.

Referencias

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