Cuando los recursos son limitados y deben repartirse, aparece el incómodo pero necesario reto de establecer el criterio más justo posible. La financiación en investigación es un triste ejemplo de cómo lidiar con la escasez de recursos. Para ello contamos con protocolos en constante revisión que pretenden garantizar la igualdad de oportunidades con todas las consideraciones posibles. Dejando de lado posibles debates sobre “meritocracia”, podemos y debemos discutir los métodos de baremación, las medidas compensatorias y toda la casuística que pueda aparecer en este turbulento camino. La evaluación de méritos es un mecanismo útil y necesario que garantiza la calidad, algo especialmente importante cuando los recursos provienen de fondos públicos.
A lo largo de nuestra carrera a menudo nos encontramos desempeñando los roles de evaluado y evaluador. De hecho, es importante resaltar que es durante las etapas tempranas de la carrera investigadora cuando la evaluación determina la permanencia o no en la profesión, algo que, sin embargo, no ocurre en etapas posteriores. En estos primeros estadios, nuestra toma de decisiones se ve fuertemente influenciada por los mecanismos de evaluación (p.ej. liderazgo, independencia, transferencia, internacionalización, divulgación, etc.). Esto nos lleva inevitablemente a convertirnos en estrategas del sistema, algo tristemente normalizado. Resulta ingenuo, aunque no debería ser así, pensar que nuestro trabajo se guía de manera exclusiva por la genuina curiosidad e inquietud científica, abordar retos de conservación, o detectar y resolver vacíos y/o inconsistencias en el conocimiento científico. En este sentido, la evaluación puede resultar perversa y sus consecuencias en la calidad de la ciencia y en la autoestima y aprendizaje de los investigadores en formación, posiblemente, discutibles. Sin embargo, los procesos competitivos son una parte intrínseca y necesaria del sistema científico, y su resultado directo es una serie de ganadores y perdedores.
Tradicionalmente, en los congresos se premian las mejores charlas y pósteres del personal pre- y postdoctoral. Recibir un premio de este tipo resulta motivador y supone un reconocimiento gratificante para la persona ganadora. Sin embargo, puede ser que no siempre sea necesario que nuestro trabajo se vea sujeto a evaluación. Quizás un congreso puede representar una buena oportunidad para generar espacios libres de evaluación y competencia. Realmente, no existe ningún recurso limitado a repartir, el reconocimiento es algo etéreo, no es un contrato, una plaza, o financiación para un proyecto. La intención de esta tradición no es lo que se pone en duda mediante este texto, sino su necesidad. ¿Son realmente necesarias las evaluaciones en los congresos? El hecho de que haya charlas y pósteres ganadores, así como evaluadores, implica perpetuar la evaluación en unos científicos que, por lo general, están hartos de competir.
En el último congreso de la AEET celebrado en Pontevedra pude apreciar, mediante un sondeo informal, opiniones muy diversas respecto al tema. También encontré muchos colegas que no se habían planteado estas cuestiones. Hay quien cree que un congreso debe liberarse de toda evaluación; otros advierten que eliminar estos reconocimientos podría poner a nuestros jóvenes investigadores en desventaja durante convocatorias competitivas frente a otras sociedades y asociaciones que conservan este tipo de reconocimientos. También escuché a evaluadores honestos que exponían la inevitable sensación de parcialidad en su función, que curiosamente los había llevado a reflexiones similares.
En mi opinión, un congreso como los encuentros de la AEET podría ser un evento libre de evaluadores, evaluados, competitividad y premios. Me parece que la evaluación es una herramienta adecuada cuando existe una necesidad, un recurso limitante, y prescindible cuando no es así.
Autor:
Jorge Isla Escudero
Investigador posdoctoral, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)
